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La Tele de Antes: Las Telenovelas Que Nos Criaron
Había una hora.
En mi casa era las ocho de la noche. En otras casas era las siete, o las nueve, dependiendo del canal y del país y de los horarios que cada familia había acomodado alrededor de la novela. Pero la hora existía. Era fija. Era tan parte del día como la cena o el momento de acostarse.
Cuando empezaba el tema musical, se terminaban las conversaciones. Se bajaba el volumen de todo lo demás. Y durante cuarenta y cinco minutos — o una hora, si la novela era de las largas — el mundo afuera de la pantalla podía esperar.
Así crecí yo. Así crecieron muchos de nosotros.
**Las Que Nos Marcaron**
No todas las telenovelas se recuerdan igual. Hay programas que se ven y se olvidan, y hay programas que se te quedan en el cuerpo — que asocias para siempre con una época, con un lugar, con las personas que los vieron contigo.
Las telenovelas mexicanas de los noventa fueron, para muchos, las que más se quedaron. *María la del Barrio* con Thalía. *Marimar*, también con Thalía, que se vio en tantos países que se convirtió en un fenómeno difícil de explicar fuera del contexto de su época. *Esmeralda*, *El privilegio de amar*, *Rosalinda*. Eran historias de mujeres que subían desde lo más bajo hasta alcanzar el amor y el reconocimiento que merecían desde el principio. La fórmula era vieja. El efecto nunca se gastó.
Las colombianas también dejaron huella. *Café con Aroma de Mujer* fue una revelación: una historia de amor en los cafetales del Eje Cafetero que resultó ser, también, una historia sobre trabajo y dignidad y el precio que pagan las mujeres que no se conforman. *Yo Soy Betty La Fea* llegó después y cambió lo que se pensaba que podía ser una protagonista de telenovela.
Y estaban las venezolanas — *Cristal*, *Kassandra*, *Por estas calles* — que tenían un ritmo y una intensidad propios, y que se siguieron con la misma dedicación que las mexicanas.
**La Abuela y El Canal**
Parte de lo que hace que estas telenovelas se recuerden con tanto cariño es que no se veían solas.
Se veían con la abuela, que tenía opiniones fuertes sobre todos los personajes y no dudaba en expresarlas en voz alta. Con la mamá, que seguía la trama con una seriedad que contrastaba con lo exagerado del melodrama en pantalla. Con las tías que venían a visitar y que ya habían visto más capítulos y podían spoilear sin culpa porque en ese entonces nadie usaba esa palabra.
Las telenovelas eran un evento familiar. No en el sentido formal, sino en el sentido de que organizaban el tiempo de la familia. Creaban conversación: ¿qué va a pasar? ¿Cómo puede ser tan malvada? ¿Tú crees que ella sabe la verdad? La trama de la novela se mezclaba con la vida de la casa de una manera que el streaming moderno, con sus temporadas completas disponibles de golpe, no puede replicar.
Había que esperar. Y esperar juntos es una forma de estar juntos.
**Lo Que Se Perdió y Lo Que Quedó**
Las telenovelas de antes ya no se hacen igual. El formato ha cambiado, los presupuestos han cambiado, las audiencias se han fragmentado en mil plataformas distintas. Las nuevas generaciones ven series, no novelas. Y aunque hay cosas buenas en las series — mejores guiones, mejor producción, personajes más complejos — hay algo que las series no tienen: la experiencia de ver algo al mismo tiempo que todos los demás, de no poder saltarte el episodio, de tener que esperar hasta mañana para saber qué pasó.
Esa espera era parte del placer. No lo sabíamos entonces.
Lo que quedó es la memoria. La música de apertura de *Marimar* que todavía puedo tararear de principio a fin. La cara de la villana de turno que recuerdo con más detalle que a ciertas personas reales. La sensación de la sala de mi abuela, el sofá, el calor, la tele con su marco de madera en el rincón.
Las telenovelas nos criaron. No en el sentido literal — eso lo hicieron nuestras familias. Pero estuvieron ahí, de fondo, durante años formadores. Nos enseñaron cómo se supone que funciona el amor, aunque fuera de manera exagerada. Nos enseñaron que la maldad tiene consecuencias, aunque solo en la ficción. Nos enseñaron que las historias de mujeres merecen ser contadas en el centro, no al margen.
Y nos dieron, sin que pidiéramos permiso, un vocabulario emocional compartido.
Eso no se olvida.
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