En la sala de mi suegra, entre una foto de sus padres y un rosario colgado en la pared, hay una estampita algo doblada de un fraile de barba blanca y hábito marrón, con las manos cubiertas por unos guantes de tela. "Ese es Padre Pío", me explicó la primera vez que pregunté. "No es de nuestro país, pero reza como si nos conociera desde siempre." Esa frase se me quedó grabada, porque explica algo que pasa en miles de hogares latinos: la devoción no siempre nace de la sangre, a veces nace del corazón.
¿Quién fue Padre Pío y por qué las familias latinas lo hicieron suyo?
Padre Pío, nacido Francesco Forgione en Pietrelcina, Italia, en 1887, fue un fraile capuchino conocido por recibir los estigmas de Cristo, por sus dones espirituales de sanación y por horas interminables escuchando confesiones. Aunque nunca puso un pie en América Latina, su devoción cruzó fronteras y hoy es uno de los santos más queridos en hogares mexicanos, centroamericanos y sudamericanos, adoptado como si siempre hubiera sido parte de la familia.
Quién fue este fraile que llevó las llagas de Cristo en su propio cuerpo
Ordenado sacerdote en 1910, Padre Pío pasó la mayor parte de su vida en el convento de San Giovanni Rotondo, donde en 1918 comenzó a manifestar los estigmas, heridas visibles similares a las de la crucifixión, que llevó en sus manos, pies y costado durante cerca de cincuenta años. Fue beatificado en 1999 y canonizado el 16 de junio de 2002 por el Papa Juan Pablo II, quien lo presentó como ejemplo de sufrimiento unido a la fe y de entrega total al servicio de los demás.[1]
Para qué se le reza y cómo se vive su devoción en casa
A Padre Pío se le pide, sobre todo, por sanación física y espiritual, por fuerza para cargar con enfermedades o dolores que parecen no tener fin, y por acompañamiento en momentos de sufrimiento silencioso. Muchas familias guardan su estampita junto a la de otros santos en la cartera, encienden una veladora blanca en su nombre, o simplemente repiten su frase más conocida como oración diaria: "Reza, espera y no te preocupes." Es una devoción que no exige entender italiano ni conocer Italia, solo reconocer en su rostro sufrido el mismo dolor que se vive en casa.
Por qué esta devoción sin fronteras sigue creciendo
Padre Pío demuestra algo que las familias latinas han entendido desde siempre: la fe no pregunta de dónde vienes. Un santo italiano terminó en las paredes de casas mexicanas, cubanas, salvadoreñas y peruanas porque su historia de dolor transformado en entrega habla el mismo idioma en cualquier país. Por eso los abuelos se lo presentan a los nietos no como un santo extranjero, sino como uno más de la familia, adoptado con el mismo cariño que se adopta a un pariente lejano que llegó a quedarse.
Para tener siempre cerca esta devoción que unió culturas y generaciones, explora la colección de fe y familia.
La fe, como la familia, no siempre se hereda por sangre; a veces se elige, se adopta y se guarda con el mismo cariño de toda la vida.
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[1] Fuente: Pío de Pietrelcina, Wikipedia.