Mi Abuela: El Amor Que No Necesita Explicación

Hay personas que no se pueden describir con palabras. No porque sean complicadas — sino porque las palabras que existen fueron hechas para cosas más pequeñas. Mi abuela era así. Podría decir que era fuerte. Pero fuerte no lo captura. Era el tipo de fuerza que no se anuncia, que no se demuestra con gestos dramáticos sino con presencia constante — con estar ahí cuando nadie más estaba, con seguir adelante cuando seguir adelante requería cosas que yo no veía y que ella nunca mencionó. Podría decir que era amorosa. Pero amorosa suena a algo suave y opcional. El amor de mi abuela no era ninguna de las dos cosas. Era algo más parecido a la gravedad: invisible, constante, y completamente fuera de discusión. **Lo Que Hacía Sin Decirlo** Mi abuela no decía "te quiero" con frecuencia. En eso era de su generación — de las que demuestran el amor con actos y no con palabras, de las que consideran que decirlo en voz alta es casi redundante cuando ya lo estás mostrando en cada cosa que haces. Me lo decía con la comida. Sabía lo que me gustaba y lo hacía cuando yo llegaba, sin que yo lo pidiera, sin hacer un evento de ello. Simplemente aparecía en la mesa. Me lo decía con el espacio que me daba. Cuando yo necesitaba estar en silencio, ella no preguntaba. Me dejaba estar en silencio y seguía con lo suyo, y su presencia en el mismo cuarto era suficiente. Me lo decía con las cosas que recordaba. Los detalles pequeños — que me gustaba tal cosa, que cierta fecha era importante, que yo tenía un miedo particular que nunca le había contado directamente pero que ella había deducido. El amor de mi abuela tenía muy buena memoria. **Las Manos** Si pudiera guardar una cosa — solo una — sería sus manos. Manos de trabajo. Manos que habían hecho cosas — cocinado, cosido, limpiado, sostenido a personas que necesitaban ser sostenidas — durante décadas. Manos que sabían exactamente qué hacer en cada situación porque habían estado en todas las situaciones. Las manos de mi abuela no eran suaves. Eran reales. Y cuando te tomaban de la mano, sentías que te tenían de verdad — no un gesto, no una formalidad. Te tenían. No sé por qué las manos. Pero cuando pienso en ella, pienso en sus manos. **Lo Que No Le Dije** Hay cosas que no le dije. Cosas que pensaba decirle cuando hubiera más tiempo, cuando encontrara las palabras correctas, cuando no diera por hecho que seguiría ahí para escucharlas. El tiempo no era infinito. Las palabras nunca llegaron a ser perfectas. Y ella ya no está para escucharlas. Lo que aprendí de eso es simple pero no fácil: el amor que sientes por alguien merece ser dicho ahora, con las palabras imperfectas que tienes disponibles, sin esperar el momento correcto. El momento correcto es mientras estás aquí. **Para Las Que Todavía Las Tienen** Si tu abuela todavía está, esto es para ti: ve. Llama. Siéntate con ella aunque no tengas nada particular que decir. Deja que te cuente las historias que ya has escuchado. Come lo que te ofrece aunque no tengas hambre. No porque lo debas hacer. Sino porque un día — y el día llega siempre — vas a querer haber pasado más tiempo en esa cocina, en ese sillón, en ese mundo específico que solo ella construyó y que solo ella podía mantener. Las abuelas no son eternas. Pero lo que nos dan sí lo es. ---

→ See also: Abuela: The Heart of the Latino Home

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