Treinta días.
Eso es lo que dura el mes de la herencia hispana: del 15 de septiembre al 15 de octubre. Treinta días en los que los medios de comunicación, las marcas, las escuelas y los lugares de trabajo de este país voltean a mirar a la comunidad latina — con cariño, con torpeza, con intención genuina a veces, con performance vacío otras — y dicen: este mes es para ustedes.
Y uno agradece. Y uno también piensa: ¿un mes? ¿Solo un mes?
¿Por qué empieza el 15 de septiembre el Mes de la Herencia Hispana?
El Mes de la Herencia Hispana empieza el 15 de septiembre porque ese día, en 1821, cinco países centroamericanos declararon su independencia de España casi simultáneamente: Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua. Al día siguiente — el 16 de septiembre — México declaró la suya. Unos días después, Chile. El 12 de octubre, que cierra el mes, marca el aniversario de la llegada de Colón, fecha que la comunidad ha reclamado como Día de la Raza: una celebración de la herencia indígena y mestiza, no del "descubrimiento" europeo. Todo el mes está enmarcado por las independencias latinoamericanas. Su fecha de inicio no es un accidente administrativo — es historia deliberada. Y la historia que inician estos treinta días es una de las más importantes de este hemisferio.
El Congreso estadounidense estableció la Semana de la Herencia Hispana en 1968, bajo la presidencia de Lyndon B. Johnson, centrada exactamente en estas fechas de independencia. En 1988, Ronald Reagan la expandió a un mes completo. Es decir: el mes empieza cuando América Latina dijo basta al colonialismo europeo y comenzó a construirse como propia. Ese origen importa. No es casualidad.
Nuestra historia en estas tierras no empezó con un calendario
Los pueblos indígenas que vivían aquí antes de cualquier frontera moderna, los colonizadores españoles que llegaron y construyeron y destruyeron, los mestizos que nacieron en el cruce de esas dos realidades, los esclavizados africanos que fueron traídos y cuya sangre y cultura y fe viven en millones de nosotros — nada de eso cabe en treinta días.
La presencia latina en lo que hoy es Estados Unidos antecede a la nación misma. El suroeste americano — California, Texas, Nuevo México, Arizona, Colorado — fue territorio mexicano antes de ser territorio estadounidense. Los apellidos grabados en las misiones californianas, los nombres de las ciudades del sur de Texas, los canales de acequia que todavía funcionan en Nuevo México: todo eso llegó antes que la frontera. La frontera fue la que llegó después, y cruzó a esa gente, no al revés.
Lo que "hispano" incluye y lo que no
La palabra "hispano" nació como categoría del censo estadounidense en los años setenta. Era un intento de nombrar a un grupo enorme y diverso con una sola etiqueta — la gente de herencia hispanohablante en los Estados Unidos.
El problema, por supuesto, es que nosotros no somos una sola cosa.
Somos mexicanos, puertorriqueños, cubanos, dominicanos, salvadoreños, guatemaltecos, colombianos, venezolanos, peruanos, ecuatorianos y de decenas de países más. Somos indígenas — zapotecos, mayas, quechuas, nahuas — cuyas lenguas maternas no son el español sino idiomas que existían siglos antes de que llegara ningún europeo. Somos afrolatinos, cuya presencia africana en América Latina es tan antigua como la colonización misma y cuya herencia ha sido invisibilizada con demasiada frecuencia de la imagen pública de lo que significa "ser latino."
Somos bilingües y monolingües y los que entendemos pero ya no hablamos. Somos los que llegaron ayer y los que llevan aquí siete generaciones. Somos los que cruzaron el desierto y los que nunca tuvieron que cruzar nada porque la frontera los cruzó a ellos.
Un mes — incluso uno bien intencionado — no contiene toda esa amplitud.
Cómo vivimos nuestra herencia todo el año
La herencia no es un evento de septiembre. Es lo que pones en la olla el domingo. Es el santo que tienes en la repisa. Es la canción que le sabes la letra aunque nadie te la enseñó expresamente — la aprendiste de estar en la misma habitación cuando la ponían. Es la forma en que recibes a la gente en tu casa, la forma en que dices adiós, la forma en que cargas con las expectativas de una familia que cruzó demasiado para que tú te olvides de dónde vienes.
La herencia es el español que guardas para las conversaciones que importan. Es el español que vas perdiendo y que intentas recuperar. Es el español que mezclaste con el inglés hasta que ya no sabes dónde termina uno y empieza el otro, y ya no te importa, porque eso también es tuyo — también se llama identidad.
La herencia es el duelo — por los familiares que quedaron al otro lado, por las versiones de ti mismo que no pudiste ser, por los idiomas que no te enseñaron porque querían que encajaras, por las tradiciones que se fueron diluyendo en la segunda generación, en la tercera. Y es también la recuperación: el momento en que decides ir a buscar lo que se perdió, aprender el idioma, preguntar el nombre del pueblo, cocinar el mole aunque tarde todo el día.
Y la herencia es también el orgullo. El orgullo de llevar algo que nadie te puede quitar. El orgullo de saber de dónde vienes, de poder decir el nombre de tu abuela, el pueblo de tu bisabuelo, la región de donde llegó tu familia.
Lo que llevamos sin que nadie nos lo recuerde
Hay cosas que cargamos sin necesitar un mes para recordarlas. La manera de hacer el arroz. La forma correcta de saludar a los mayores. El olor de copal en una casa que se está limpiando. La certeza de que la mesa tiene que estar llena aunque lleguen visitas sin avisar. El instinto de llamarle "mija" a alguien que apenas conoces si ya la quieres.
Estas cosas no necesitan una celebración institucional para existir. Van de abuela a madre a hija sin manual, sin fecha en el calendario, sin que nadie lo llame herencia porque simplemente es la forma en que se vive. El mes de la herencia hispana tiene valor porque fue ganado con lucha política — activistas lo pelearon décadas hasta que el Congreso los escuchó, y eso no es poco. Pero la herencia misma — la que cocinamos, la que rezamos, la que bailamos — no empezó en 1968 ni en 1988. Empezó mucho antes. Y seguirá después de que el calendario cambie de mes.
La identidad que no necesita un mes para existir
La herencia no espera a septiembre para existir. Existe en febrero, en julio, en un martes de noviembre cuando nadie te está mirando. Existe en la forma en que cocinas, en la forma en que rezas, en la forma en que celebras y lloras y te metes con tu familia y la defiendes a la vez.
No necesitamos treinta días para ser lo que somos. Los treinta días son para que los demás lo vean.
Nosotros ya lo sabemos.
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