Las doce uvas.
Las compró en la tienda que queda lejos porque en el supermercado de siempre no había las que ella conoce. Las lavó con cuidado. Las puso en un plato pequeño, el mismo de siempre — el que trajo de allá, el que no se rompió en ninguna mudanza porque algunas cosas se cuidan más que el dinero.
Esta noche, a las doce, va a comer las doce uvas. Una por una. Rápido, como siempre. Haciendo sus deseos en silencio porque esos no se dicen en voz alta.
Tiene setenta y dos años. Lo ha hecho toda su vida.
Lo Que Trajo Consigo
Cuando emigró, no trajo mucho. Lo que cabía en maletas contadas, lo que aguantaba el peso que dejan cargar, lo que no pesa en kilos pero pesa de otra manera. Trajo las recetas de cabeza. Trajo las canciones que cantaba su madre. Trajo las fechas que no se olvidan, los santos que se rezan, las costumbres que no necesitan explicación porque son parte de quien es.
La Nochevieja viajó con ella.
No igual. Las cosas nunca son exactamente iguales cuando cambian de país. El ruido de afuera es diferente. Los vecinos no saben lo de las uvas. La televisión no cuenta en español a medianoche, o si lo hace, no es la misma voz, no es el mismo presentador que ella recuerda de cuando era joven.
Pero las uvas son las uvas. Y sus deseos son los mismos que siempre: salud, que los hijos estén bien, que el año que viene sea mejor que el que se va.
Lo Que Sobrevivió
Sus hijos lo hacen. No todos, no siempre de la misma manera — uno vive en otra ciudad, otro prefiere quedarse con sus amigos a medianoche — pero lo hacen. Las uvas. El color de la ropa. El vaso de agua que se tira por la puerta para sacar el año viejo.
Sus nietos lo preguntan: Abuela, ¿por qué las uvas? Y ella explica. No del todo — algunas cosas se explican mejor viviéndolas — pero explica lo suficiente. Lo suficiente para que la pregunta siga. Lo suficiente para que la tradición tenga dónde vivir.
Eso es lo que significa traer algo consigo: no que llegue intacto, sino que llegue. Que encuentre tierra. Que eche raíces distintas pero raíces al fin.
La Medianoche
Cuando llegue la medianoche, va a estar sola o va a estar con quien está. Va a comer sus uvas. Va a cerrar los ojos un momento — solo un momento — y va a pensar en las personas que ya no están para hacer este brindis con ella.
Y luego va a abrir los ojos, y va a ser año nuevo, y ella va a seguir siendo quien es: la mujer que trajo las tradiciones consigo, que las cuidó, que las pasó.
Feliz Año Nuevo. Que el año que viene sea bueno.
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